China utilitza 100.000 escáneres para saber el sexo del feto y abortar si es niña

China no quiere niñas, tampoco Corea del Sur o la India. Estos tres países practican una atroz política demográfica avivada por unas pautas culturales que incitan al aborto selectivo, al infanticidio femenino y al abandono de las niñas porque, según un arraigado prejuicio, los hijos son mucho más valiosos que las hijas.

Miles de chinas, coreanas e indias optan por el aborto en cuanto descubren que el feto corresponde a una hembra y eso puede tener consecuencias sociales espeluznantes. A finales del siglo deambularán por China cerca de 70 millones de varones casaderos sin posibilidad alguna de encontrar esposa, en Corea habrá un 22% más de solteros que de solteras y en India los hombres excederán con creces a las féminas.

A pesar del crecimiento económico experimentado en la última década, la mayoría de la gente de estos países sigue midiendo el valor de una mujer en función de su capacidad para dar a luz varones.

Prueba evidente del enraizamiento de este trasnochado criterio es el propio lenguaje: la traducción literal del término con el que se describe en hindi a una mujer «estéril» es «la que no tiene hijos varones»; el carácter chino con el que se expresa lo «bueno» es una combinación de los símbolos utilizados para «mujer» e «hijo varón».

La presión social en pro de traer machos al mundo es muy intensa. En los casos más benignos, la mujer afectada se limita a consultar adivinos, visitar brujos o a implorar desesperadamente al Altísimo. En los más desdichados, conduce a un peligroso aborto, al infanticidio de un bebé hembra o a la muerte lenta de una niña por abandono o negligencia.

Y es que el futuro de una mujer sin hijos varones es muy sombrío. Su marido, casi automáticamente, la culpará de destruir el futuro familiar. Será tratada como un ciudadano de segunda clase. Puede que incluso la expulsen de su casa: en uno de cada tres divorcios ocurridos en China, el marido rechaza a su esposa alegando que ha dado a luz una niña y que, debido a que el Estado penaliza tener más de un hijo, le resultará carísimo financiar un segundo embarazo para conseguir un descendiente varón.

Este prejuicio contra las hembras es especialmente intenso en el campo, donde reside el 74% de la población china. Para las familias campesinas, el hijo varón es una «inversión» y equivale a cierta seguridad futura. El muchacho trabajará en el campo y, a diferencia de la muchacha que se casa y parte con otro, asumirá la obligación de velar por sus padres ancianos.

Hace dieciséis años, cuando las autoridades comunistas chinas implantaron drásticamente la política de un sólo hijo por familia para controlar la explosión demográfica, los infanticidios de niñas se multiplicaron espectacularmente en las zonas rurales.

Abortos

Ahora son mucho menos frecuentes, debido a la proliferación de los aparatos de ultrasonido que permiten descubrir el sexo del feto. En China hay 100.000 escáneres y como son baratos, fáciles de usar y transportables, aparecen hasta en las clínicas más remotas.

Se ha convertido en una oprobiosa costumbre abortar hasta tener la seguridad de que lo que se lleva en el vientre es un proyecto de varón.

Algo similar ocurre en la India, a pesar de que la política demográfica no es tan draconiana como en China. El aborto no es la única causa de la distorsión poblacional en la India. En las zonas rurales, donde habitan las tres cuartas partes de los 950 millones de indios, el número de hembras que fallece antes de cumplir los cinco años casi duplica al de varones. La causa, según estudios gubernamentales, es el escaso cuidado que reciben de sus padres: menos atención médica, menos educación y menos comida que a sus hermanos.

A diferencia del chino, el Gobierno indio no restringe legalmente el tamaño de la familia, pero existen otros factores que alimentan poderosamente la obsesión por el macho. Uno de los más destacados es la costumbre de la dote. Entre los hindúes, que constituyen el 80% de la población, la tradición impone que la familia de la novia entregue a la del novio regalos. Estos pueden ir desde una vaca a kilos de oro, televisores o casas. Se trata de algo ilegal, pero los padres que no envuelven a su hija en valiosos presentes, tienen escasas probabilidades de casarla. Una de las consecuencias de este disparatado hábito es que bastantes familias no pueden permitirse el lujo de tener hijas.

Hasta no hace mucho, algunas clínicas indias anunciaban sus servicios de ecografía con el siguiente eslogan: «Pague ahora 500 rupias y ahórrese 500.000 en el futuro». El año pasado, asustadas por el creciente número de parejas que decidían abortar para deshacerse de sus futuras hijas, las autoridades prohibieron las pruebas. A pesar de la prohibición, la demanda de tests es acuciante y bastantes doctores recorren las aldeas llevando camuflado el instrumental en furgonetas y cobrando a precio de oro.

El desequilibrio masculino-femenino en Corea es todavía más agudo que en la India o China. Los coreanos comparten con los chinos la tradición varonil confucionista y una planificación demográfica similar aunque menos estricta. La diferencia es que cuentan con más dinero para asegurarse clínicamente una descendencia masculina.

A partir de los años setenta, el Gobierno coreano fomentó el tener un máximo de dos hijos por familia, a base de penalizar fiscalmente a los que superaban esa cifra. En los ochenta se promocionó el hijo único, ofreciendo sanidad y educación gratis para el primer niño.

A pesar de que las pruebas sobre sexo y los abortos son ilegales, más de 30.000 recurren anualmente al médico para desembarazarse de sus futuras hijas. El resultado es que nacen 120 varones por cada hembra y que en el año 2010 habrá 130 muchachos casaderos por cada 100 mujeres en disposición de contraer matrimonio.

Al final, por intentar engañar a la Madre Naturaleza, buena parte de Asia corre el riesgo de convertirse en un lugar apestoso, aburrido y triste, repleto de solteros frustrados e irascibles.

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